La guerra que está reordenando el mundo: Nuestro análisis del ataque de EE. UU. e Israel a Irán y el nuevo tablero de ajedrez global

The War That Is Reordering the World: Our on the USA-Israel Attack on Iran and the New Global Chessboard

La guerra que reordena el mundo: nuestra visión del ataque de EE. UU. e Israel a Irán y el nuevo tablero geopolítico

La ofensiva conjunta lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026 no es un episodio más en la larga historia de tensiones en Oriente Medio. Es un punto de inflexión. En solo unos días, la región ha entrado en una espiral de ataques y contraataques que ya afecta a más de nueve países, ha paralizado rutas aéreas, ha interrumpido corredores humanitarios y ha puesto al mundo frente a un escenario que muchos creían enterrado: la posibilidad real de una guerra global.

La magnitud del ataque inicial no tuvo precedentes. Israel y Estados Unidos atacaron simultáneamente 24 de las 31 provincias de Irán, golpeando instalaciones militares, centros de mando y, lo más importante, el núcleo del régimen. La muerte del Líder Supremo Ali Jamenei, confirmada por múltiples fuentes, dejó a Irán bajo el control de un Consejo de Liderazgo Interino y abrió un vacío político que el país no había experimentado desde 1979. Junto a él, murieron figuras clave del aparato militar y de inteligencia, incluido el Jefe de Estado Mayor Abdolrahim Mousavi y el Ministro de Defensa Amir Nazirzadeh.

La respuesta de Irán fue inmediata. Misiles y drones fueron lanzados contra bases y objetivos estadounidenses en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait, Jordania y Omán. Incluso Chipre, donde el Reino Unido mantiene una base militar, fue alcanzado por un dron iraní. Turquía derribó un misil que entró en su espacio aéreo. La guerra dejó de ser bilateral desde el primer día.

Mientras tanto, el Estrecho de Ormuz, por donde fluye casi el 20% del suministro mundial de petróleo, quedó efectivamente paralizado. El cierre, anunciado por la Guardia Revolucionaria, ha desencadenado un efecto dominó en las rutas aéreas, marítimas y humanitarias. Naciones Unidas advierte que la crisis se está "expandiendo por horas", con daños a hospitales, escuelas e infraestructura civil en Irán, Líbano, Siria y Gaza.

En este contexto, creo que Estados Unidos llevaba meses preparándose para un escenario como este. Una de las jugadas más estratégicas, aunque muchos no lo vieron así en su momento, fue su renovado acercamiento con Venezuela. Washington sabía que un conflicto con Irán podía comprometer el suministro global de energía. Sabía que si Ormuz se cerraba, el mundo necesitaría fuentes alternativas de crudo. Y sabía que, a pesar de su infraestructura devastada tras casi tres décadas de saqueo y abandono, Venezuela aún posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta.

No es casualidad que EE. UU. impulsara una "transición controlada" en Caracas antes de que estallara esta guerra. No es casualidad que se suavizaran las sanciones, se reabrieran los canales diplomáticos y se hicieran esfuerzos por estabilizar el sector petrolero venezolano. Fue una jugada preventiva: asegurar una línea de vida energética en caso de un gran impacto en Oriente Medio.

Hoy, con el Golfo bajo fuego, Venezuela vuelve a ser estratégicamente importante para Occidente. Pero también es vulnerable. Si Irán decide expandir su guerra asimétrica, no sería impensable ver intentos de sabotaje contra la infraestructura petrolera venezolana, especialmente considerando los lazos históricos entre Teherán, Hezbolá y ciertos sectores del régimen de Maduro. No sería la primera vez que actores externos utilizan territorio venezolano para entrenamientos u operaciones logísticas. Y en un conflicto donde cada actor busca golpear donde más duele, Venezuela podría convertirse en un objetivo indirecto para castigar a Estados Unidos.

Mientras tanto, China y Rusia observan desde la barrera. Condenan los ataques pero no intervienen. No quieren una guerra mundial, pero tampoco quieren unos Estados Unidos fuertes. Un Washington debilitado les conviene, igual que una Europa debilitada les convino durante la guerra en Ucrania. Irán, para ellos, es una carta útil, no un aliado a salvar. Y esa ambigüedad es quizás el elemento más peligroso del actual panorama geopolítico.

Europa, por su parte, ha sido arrastrada al conflicto. Francia, el Reino Unido, Alemania y la OTAN han activado mecanismos de protección para Chipre y para sus bases en toda la región. La guerra ya no es un problema de Oriente Medio; es un problema euroatlántico.

La pregunta que muchos se hacen es si estamos ante una tercera guerra mundial o una nueva guerra fría. Creo que estamos en una etapa intermedia: una guerra híbrida global, con múltiples frentes, actores difusos y consecuencias impredecibles. Una guerra en la que la energía vuelve a ser el arma central. Una guerra en la que Venezuela, a pesar de su colapso interno, se encuentra jugando un papel que no pidió pero que el mundo ahora le impone.

Lo que está sucediendo no es un episodio aislado. Es el reordenamiento del sistema internacional. Y cuando el mundo se reordena, algunos países siempre pagan un precio más alto que otros.

 

 

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